lunes, 5 de junio de 2017

El frasco

Un profesor delante de su clase de filosofía, sin decir una palabra, tomó un frasco grande y vacío y procedió a llenarlo con pelotitas de golf. Luego le pregunto a sus alumnos si el frasco estaba lleno. Los estudiantes dijeron que sí. Sin decir palabra, el profesor tomó una bolsa de bolitas de vidrio y la descargó dentro del frasco, las que cayeron entre los espacios vacíos que dejaban las pelotas de golf. El docente volvió a preguntar a los alumnos si, ahora, el frasco estaba lleno a lo que los alumnos volvieron a decir que sí. Seguidamente, el hombre tomo una caja con arena y la vació dentro del frasco; por supuesto la arena lleno todos los espacios vacios, así que el profesor volvió a preguntar si el frasco estaba lleno, a lo que los estudiantes volvieron a responder de manera unánime que sí;  para todos, el frasco, ahora sí, estaba lleno. A continuación, el profesor  agarró la taza de café que había estado bebiendo y  arrojó el contenido dentro del frasco. El líquido ocupo los espacios vacíos que quedaban entre la arena. Ahora los alumnos se reían. Cuando la risa se termino, el docente les dijo:
“Quiero que se den cuenta de que este frasco representa la vida. Las pelotas de golf son las cosas importantes, como la familia, los hijos, la salud, los amigos, todo lo que te apasiona.  Son cosas que, aún si todo lo demás lo perdiéramos y sólo estas quedaran,  nuestras vidas aún estarían llenas. Las bolitas de vidrio son las otras cosas que importan, como el trabajo, la casa, el auto etc. La arena es todo lo demás, las pequeñas cosas.

Si pusiéramos en el frasco primero la arena, no habría lugar para las bolitas de vidrio ni para las pelotas de golf. Es lo que ocurre con la vida. Si gastamos nuestro tiempo y energía en las cosas pequeñas, nunca tendremos lugar para las cosas importantes. Presten atención en las cosas que son cruciales para su felicidad. Jueguen con sus hijos, tómense tiempo para ir al médico, salgan con su pareja a cenar, practiquen su deporte o hobbie favorito,… siempre habrá tiempo para limpiar o reparar la casa. Ocúpense de las pelotas de golf, de las cosas de verdadero valor, las que realmente importan. Establezcan sus prioridades  porque el resto es sólo arena”.

La langosta

La langosta es un animal suave y pulposo que vive dentro de un caparazón rígido. Este no se expande, entonces ¿Cómo puede crecer ? Mientras la langosta crece el caparazón se vuelve un gran limitante y comienza a sentirse bajo mucha presión e incómoda; es en esa situación cuando se oculta debajo de una formación de piedras  para protegerse a sí misma de los depredadores, porque deja su caparazón para producir uno nuevo. Eventualmente, ese caparazón también se vuelve muy incomodo a medida que el animalito sigue  creciendo; regresa debajo de las piedras para volver a cambiar  y en el transcurso de su vida repite esto varias veces.

El estímulo que permite a la langosta crecer es sentirse incómoda. Ahora, si las langostas tuvieran doctor nunca crecerían porque en el momento en que  se sienta incomoda va al médico y consigue un valium o un percocet y todo se siente bien, nunca se quita el caparazón. Observando este accionar  en detalle, debemos darnos cuenta que los “tiempos de estrés” también son tiempos que representan señales para el crecimiento, y si utilizamos la adversidad de manera correcta podemos crecer a través de la ella.

(no sé quien es el autor, pero ni bien lo sepa, obviamente, escribiré sus datos al pie de esta nota).

domingo, 28 de mayo de 2017

Conflicto y problema

La mayoría de ocasiones en las que nos enfrentamos a problemas interpersonales, la falta de éxito en la resolución es tan solo una cuestión de “definición”.
 Cuando nos enfrentamos a una situación difícil, nuestras emociones negativas se disparan y a veces nublan todo aquello que sí es importante, conduciéndonos a la total paralización frente a la dificultad. De repente nos sentimos atrapados, ahogados, no encontramos soluciones pero… ¿frente a qué estamos?

¿Sabes lo que es un conflicto?
Se trata de dos puntos de vista (mínimo) diferentes frente a una misma situación. No es más que eso. Por lo tanto… ¿Cuántos conflictos atravesamos a lo largo de un día? Los conflictos nos rodean, viven con nosotros, son parte del ser humano y además son una potente fuente de aprendizaje… si están bien enfocados.
 Como diría Freud: “Si dos individuos están siempre de acuerdo en todo, puedo asegurar que uno de los dos piensa por ambos”. El comportamiento agresivo-pasivo en la pareja
 Por lo tanto, tenemos que aceptarlos y saber gestionarlos.  Pero, ¿cuál es la solución de un conflicto? Lo obvio a veces es lo más importante: la resolución de un conflicto es tan simple y tan compleja como “llegar a un acuerdo”.
 A veces nos enroscamos en discusiones eternas que no llevan a ninguna conclusión, solo por tener “la razón”, cuando en la mayoría de ocasiones “la razón” es totalmente secundaria, casi todos los conflictos a los que nos enfrentamos puede ser resueltos mediante un acuerdo.
 Los acuerdos implican que las dos partes, hay que hacer hincapié: las dos, deben renunciar a algunos conceptos, a alguna prioridad, para conseguir el bien común. Toda resolución acarrea consecuencias, pero esas consecuencias no invalidan el acuerdo, es decir: me enfrento, negocio, y pierdo una parte a la vez que gano otra. La parte que pierdo es solo una consecuencia, por lo tanto no tiene el poder de hacer tambalear el acuerdo.
 Pero, ¿qué pasa si el conflicto es interno? Parece más complejo pero en esencia es la misma estructura: tengo dos puntos de vista diferentes frente a una misma situación, entonces, ¿qué pretendo? La respuesta es la misma: sí, llegar a un acuerdo.
 Para ello tengo que valorar alternativas y adoptar una decisión, aunque ésta conlleve consecuencias que impliquen pérdidas. Las pérdidas son asumibles, pues las ganancias se valoraron en conjunto y el saldo salió positivo. Por lo tanto, ¿De qué sirven el autocastigo o la autocrítica? De nada.
 Es cuestión de aceptar y validar las consecuencias. Al igual que en los conflictos que resolvemos de modo externo, nos encontramos con ganancias y consecuencias que debemos aceptar, en los conflictos internos ocurre lo mismo: la consecuencia es inherente a la resolución, por lo tanto debemos aceptarla y no castigarnos con ella contaminados por la emoción.
 La resolución se lleva a cabo libre de emoción, en frío y valorando las alternativas, por lo tanto la crítica que nos produce la aceptación de consecuencias no solo es innecesaria sino que también  es evitable.

Pero… entonces,  ¿qué es un problema?
Entendemos por problema una situación que se presenta y que “en este momento” no tiene solución. Y, ¿qué hacemos?  Volvemos a lo obvio y no menos importante: buscar la solución. En este caso lo primero es plantear una meta, dónde quiero llegar, cuál es mi objetivo, qué quiero conseguir.
 Una vez establecida la meta, ponemos en práctica las posibles alternativas para llegar a alcanzar la solución de nuestro problema, las valoramos, las sopesamos y entonces nos ponemos en marcha. Al igual que en los conflictos la emoción actúa como enemigo paralizante.
 La resolución a veces será sencilla y otras no, pero  no por ello deja de ser válida nuestra meta. El camino puede ser difícil, pero seremos constantes si sabemos dónde queremos llegar.
 No obstante al igual que aparecen dos tipos de conflictos (internos vs. externos), nos encontramos con dos tipos de problemas: los que tienen solución y los que no. Ya sabemos qué hacer con los primeros pero, ¿qué pasa con los segundos?, ¿Podemos hacer algo?
La respuesta es sí, y se llama aceptación.
 No podemos solucionar la pérdida de un ser querido ni podemos recuperar algo que se nos perdió… pero sí podemos  aceptar la realidad y hacer más pequeño su impacto en nuestras emociones, sólo así generaremos nuevas alternativas.

Cuando la solución es el problema

"Cuentan que una noche, un hombre que regresaba a casa encontró a su vecino debajo de un farol como si estuviera buscando algo que se le había perdido.
- ¿Qué te ocurre?, preguntó el recién llegado.
- He perdido la llave de mi casa y no puedo entrar, contestó.
- Te ayudaré a buscarla.
Al cabo de estar buscando concienzudamente por los alrededores del farol, el recién llegado pregunto a su vecino:
- ¿Estás seguro de haber perdido la llave aquí?
- No, perdí la llave allí, contestó señalando hacia un rincón oscuro de la calle.
- ¿Y qué haces buscándola debajo del farol?
- Es que aquí hay más luz.”

En ocasiones, intentamos una y otra vez la misma solución, aun cuando no nos da resultado.
 ¿No sería mejor optar por realizar algo diferente?

Soluciones ineficaces
 “Levantamos primero la polvareda y luego nos quejamos de no poder ver” (Berkeley)
 A menudo, la vida nos propone retos, dificultades o problemas ante los que respondemos poniendo en marcha diversas estrategias. Muchas de estas soluciones, resultan caducas para la situación presente, ya sea porque han sido tejidas desde la inercia o porque conforman antiguos patrones que resultaron eficaces en situaciones similares en el pasado. Pero en ocasiones, el principio de “más de lo mismo” no produce “sorprendentemente” el cambio deseado, sino que por el contrario, la solución es el problema.
 Por ejemplo, ante un problema de comunicación, presionamos para hablar al otro como modo de solución, consiguiendo con esta actitud que nuestro interlocutor se encuentre más incómodo y con menos ganas de hablar. O si tenemos dificultades para dormir, intentamos forzarnos a nosotros mismos a hacerlo mediante un acto de voluntad, con lo que únicamente conseguiremos estar más despiertos. O nos fijamos metas inalcanzables en un futuro ideal, que tan solo confirmarán nuestra creencia de que “no seremos capaz”.
 Así, vamos construyendo, ajenos a ello, un círculo vicioso que se mantiene y retroalimenta gracias a aquello que consideramos como la solución. Sin darnos cuenta, de que si lo interrumpimos, si cortamos esa repetición sistemática, probablemente se mostraría la resolución de la situación difícil ante nuestros ojos. Pero es nuestro afán y nuestra persistencia por hacer desaparecer lo desagradable, lo que en la mayoría de las situaciones mantiene y alimenta la dificultad.
 Así, en determinadas circunstancias, los problemas pueden surgir como resultado de un intento equivocado de cambiar una dificultad existente. El intento de hacer un cambio en la situación, o bien contribuye a acentuar el problema o constituye el problema en sí, como es el caso del hombre que intentaba encontrar la llave debajo del farol porque había luz. Su intento de solución era ineficaz, pero persistía una y otra vez, como si su problema se fuera a solucionar por arte de magia. Cuando sería más apropiado cambiar de estrategia.
 La vida y sus retos, a veces, nos exigen atención y en ocasiones nos sugieren lo contrario de lo que pensamos, pidiéndonos serenidad, lentitud y atención en nuestras observaciones y elecciones, que respiremos antes de actuar, familiarizándonos con la situación, las sensaciones y los pensamientos, para permitir que desde nuestro interior surjan las acciones precisas

(Una muy interesante nota, lamento no conocer al autor, el libro o la editorial para poder recomendartelo. Si encuentro alguno de estos datos, sin duda lo agregare).


sábado, 13 de mayo de 2017

El árbol

Brilló el sol tibio. Como vergonzoso, intentaba desperezarse detrás de una nube… una nube que podía tener forma de oveja o de ángel, que podía parecer una montaña o una muñeca pálida y con trenzas. El viento fuerte  que soplaba allá, muy alto, las transformaba en todo aquello que uno deseaba ver.
Don Beto se asomó por la ventana, con su sonrisa desdentada y una mirada nostálgica y estudió detenidamente el panorama de una calle que aún no despertaba. Con sus manos, ya torpes, cruzo sobre el pecho la bufanda negra, dejando cada extremo bajo las axilas y luego se puso el grueso pullover negro. Ahora sólo faltaba la campera de corderoy marrón que tenía desde hacía muchos años y la gastada boina negra.
Su paso era lento y a veces vacilante, pero siempre había una silla cerca, de la que podía agarrarse por si acaso tuviera un tropiezo. La vista, que había desmejorado mucho en los últimos años, aconsejaba no cambiar los muebles de lugar porque, durante sus habituales caminatas nocturnas, podría llegar a golpearse. “el orden implica seguridad…” afirmaba siempre.
Todos los días se le hacían largos, sin embargo, sabía que a pesar de esto, las hojas del almanaque caían cada vez más rápido, aunque eso, no por írónico dejaba de ser cierto.
El agua de la pava soplaba y silbaba una nube transparente de vapor, urgida por el fuego que la consumía; Don Beto tomo la pava de la manija de madera negra, semi quemada por las veces que quedaba inclinada sobre el costado y se recalentaba con la llama que se asomaba, provocadora, por el lateral de aluminio abollado; y su mano de piel oscura, gruesa y encallecida, no se inmutó por la temperatura. Se sirvió su acostumbrado té con leche mientras su mente hurgaba el baúl de los recuerdos y planificaba su nuevo día, que por cierto, no era uno cualquiera. El de hoy era un día muy especial. En silencio desayuno tranquilo y entre sorbo y sorbo de la taza, otra sonrisa le levantaba ligeramente las mejillas. Después de ordenar la cocina, miró nuevamente por la ventana hacia la calle y pensó: “Ya es hora…”
Tomo una vieja silla y la llevó, arrastrándole  una pata, hasta la vereda. Volvió hasta el patio por una escoba y pacientemente empezó a barrer;  despejó  de ramas y hojas todo el espacio que cubría su añoso árbol,  luego tomó asiento  en lo que sería su  improvisada escalera y se quedó allí, sólo… esperando; solo esperando…durante horas.
Desde el otro lado del cerco, lo observó  su vecino, quien intrigado por la actitud tan pasiva del viejito, le pregunto si necesitaba algo, si le podía ser útil. El frío, pensó, no le haría bien a su edad. Don Beto, agradecido, le contesto  que no precisaba nada, que nada mas tenía que esperar. Esperar. La cara de desconcierto que despertó su respuesta lo llevó a ser un poco mas explicito con sus palabras, que por cierto, nunca le faltaban.
“Este árbol lo plante el dos de Mayo de 1933, a las cuatro de la tarde… no es cuestión de memoria; lo plante con la ayuda de mi viejo el día que cumplí diez años. El me dijo: ¡anota en alguna parte lo que hiciste este día ¡. Y así lo hice, con un clavo, en el revoque de la pared…         ¡ todavía se puede leer ! Hoy a las cuatro de la tarde se cumplen setenta años… mire como está el pobre árbol, está agotado, ya no da más… ¿se imagina cómo estará  por dentro ?, míreme a mí, se puede imaginar cómo estaré por dentro… En ese árbol me trepé de chico para jugar y también para esconderme de alguna paliza bien ganada, y en él hicieron lo mismo mis hijos y mis nietos; y de su leña calentaba el agua en la cocina económica hasta que pudimos hacer la cañería para conectar la garrafa, ¡esto fue poco tiempo después de instalar la luz ! Un día, cuando me sentí  vencido por la vida, busqué y elegí su rama más gruesa y una soga… ¡qué época…! Y por casualidad, vi que alguien, alguna vez, le ató un alambre en esa rama, que la estaba lastimando, cortando. Pensé: ¿cuánto me dolería tener un alambre igual en el  brazo?.  Así que fui a buscar las herramientas y se lo quité; y tarde tanto que tuve tiempo de pensar : no te voy a lastimar también con mis problemas… será otro día.
Eso fue en 1972… ¡que año…!
Ya pasó tanto tiempo… tanto pasó en este tiempo que ya pasó… ¡ y hoy cumplimos años ! y decidí guardar dos recuerdos de mi árbol, como un regalo ¿sabe?. Voy a esperar que caiga la primera hoja, después de las cuatro de la tarde para guardarla. Esa será la más débil, la más la más inocente, la más ingenua; como nuestros sentimientos más profundos, como el yo interior  y escondido que cada uno tiene, necesitan ser protegidos para que no se pierdan. Pero también voy a esperar la última hoja que caiga de mi árbol. Esa será la más fuerte, la más astuta, la más hábil, la de mayor voluntad; como aquello que necesitamos para proteger nuestra parte frágil, siempre expuesta y vulnerable. A esa hoja hay que cuidarla, no hay que perderla. Las dos hojas son los extremos de la vida que se tocan…”
La última hoja finalmente cayó. El vecino preocupado y atento la observó caer en un zigzag suave, sin el menor ruido, lenta y tímida, en paz, como la paz que sentía don Beto; con la misma serenidad con que se detuvo la ambulancia frente a la casa del viejito, quien sin perder su sonrisa desdentada,  se llevo entre sus manos dos hojas y se perdió atrapando sueños.

                                                                                                                     Rubén Chamorro ´99

Una carrera desquiciada

El barrio donde vivía está compuesto por varias manzanas dispuestas en torno a una plaza central con forma circular. La plaza era tan pequeña que cuando iba a caminar a su alrededor, con sólo dar unos pocos pasos ya completaba la vuelta a la misma y me pasaba a mí mismo.
Como fui educado para la auto superación y la competitividad, me volví muy exigente conmigo,   así que al verme pasar a mi lado comencé a apurarme de tal modo que inmediatamente me puse a la par y volví a pasarme. Por supuesto que aceleré mis pasos y como consecuencia, volví a superarme.
Harto de verme sobrepasado por mí mismo, a pesar de los infructuosos esfuerzos por no dejarme vencer, me detuve exhausto. Cuánto más me apuraba, más rápido veía mi espalda frente a mí. No sabía si esto era un éxito o un fracaso. ¿Estaba ganando o perdiendo esta carrera desquiciada?
Frustrado por la dificultad que encontraba para vencerme, abandoné el barrio y me mudé a otro con una plaza enorme. Ahora estoy corriendo alrededor de ella y aunque lo hago con toda la energía  que dan mis piernas, no logro ni siquiera verme en el horizonte. Ya nunca me alcanzo. Para mi tranquilidad y consuelo, al mirar atrás, tampoco me veo seguir mis propios pasos.
He decidido ahora, caminar tranquilamente. Pero, por las dudas, cada tanto, me doy vuelta, si me veo venir, comenzaré a correr otra vez.

                                                                                   Rubén Chamorro ‘16

Boyando en la ciudad – cuento 1: “El partido”

Debía llegar a una reunión a las seis de la tarde, pero todavía faltaba mucho para esa hora. Camine lentamente, cada vez más. Me detuve en cada puesto de diarios y revistas que encontré, para leer las mismas tapas de los mismos diarios y de las mismas revistas… deje que cada semáforo pasara dos o tres veces por el verde que me habilitaba el paso y, aún así, el reloj casi no se movía. Lo ideal, lo lógico, lo más cómodo, era tomar un colectivo para hacer el tramo de treinta y dos cuadras que tenía por delante pero, ¿para qué?, si tenía tiempo de sobra. Caminar es saludable y después de ese paseo, me sentiría más sano, más fuerte pero, seguramente, también más cansado; para cuando esto último ocurrió, me sentí casi feliz de encontrar una plaza. Banco de cemento ante mis ojos. Me senté mirando hacia la avenida, pero enseguida me di vuelta para ver al grupo de pibes que jugaban a la pelota en una canchita imaginaria, entre árboles y canteros. Los chicos tenían entre siete y catorce años, según mi estimación. Al equipo de mi izquierda lo llame “a”, y al de mi derecha “b”. Todos corrían detrás de la pelota naranja, pequeña y un poco desinflada, sin hacer marcación “hombre a hombre” ni ninguna táctica conocida. Todos la perseguían y la pedían entre risas, gritos y gestos grandilocuentes. Sin peleas ni discusiones de ningún tipo. Sin embargo algo me llamo la atención (siempre hay algo que me llama la atención); uno de los chicos, de camperita blanca perfectamente manchada de tierra, a veces atacaba hacia un lado y luego hacia el otro. Los empecé a contar y eran once en total. Uno de los equipos ¿tenía un jugador menos?, sí y no. Tarde en darme cuenta de cómo eran sus reglas de juego, que obviamente eran muy claras para todos y por eso no se generaban peleas. El de blanco manchado jugaba para el equipo “a” y atacaba con toda su habilidad, hasta que la pelota estuviera en manos del arquero del “b”, o hicieran un gol, o la pelota saliera por atrás de la línea del arco. A partir de ese hecho, empezaba a jugar para el otro equipo, y con la misma energía, hasta que se repitiera la situación en el arco que, ahora era el contrario. Una solución salomónica, consensuada, equilibrada, justa y equitativa. Un “libero” total y literal. Jugaba para unos u otros indistintamente logrando un balance ante la ausencia de un tal Chucho que, según pude escuchar, hoy no pudo venir a jugar.
Los arcos no eran lo más apropiados. El del equipo “b” estaba hecho con dos mochilas y el del "a" era una pila de buzos por un lado y un enorme pino por el otro.
Había otras reglas que fui notando. No importaba quien estuviera atajando, si la pelota venia de alto, el arquero saltaba extendiendo su brazo hacia arriba y si no la tocaba, era: “alto”. Esto era por igual para todos, tanto cuando el que oficiaba de guardameta era el más chiquitín como para el de mayor estatura; todos sabían que saltar y no tocar el balón no era gol. El círculo central de la cancha era el patio de la plaza, en cuyo centro había una base de ladrillos que alguna vez sostuvo una escultura y a partir de ese punto se habrían veredas en todas direcciones. Los árboles les permitía ocultar la pelota al ser marcado por el defensor, interponiéndolo como un escudo, y la reja del cantero servía para hacer el rebote y lograr el esquive que necesitaba el apremiado atacante. El “lateral” no tenía una línea previamente fijada, no era en un lugar específico; si se alejaban mucho del centro en cualquier dirección, alguien decía ¡fuera, fuera! se  discutía unos segundos y se hacía el saque lateral.
Una paloma se detuvo, en medio del espacio de juego, buscando algo que picotear. Era obvio que ya conocía a los chicos y estos a la intrusa (que era más dueña del lugar que ellos), porque todos la esquivaron varias veces sin molestarla y el ave no se inmutaba ante sus corridas y bullicio.
Lo que me resulto muy notorio fue que a nadie le interesaba demasiado hacer un gol. Eso no era lo importante; lo que importaba era pisar la pelota, el esquive, tirar el caño, el amague, el taquito, la jugadita de lujo… que  no hacia enojar a nadie. Todo eso era pura diversión. El enojo, los gritos y las discusiones las guardaban para el partido del fin de semana en la canchita del club, ese si era un partido en serio; ahí se defendía una camiseta, un equipo. La plaza es otra cosa. Lo de hoy, en este lugar y a esta hora, es diversión y disfrute, nada más ni menos.
Finalmente, algunos se cansaron, a otros los llamaron para cumplir con alguna responsabilidad o compromiso y en pocos minutos el partido se diluyo entre sonrisas y reclamos. Mire el reloj, mire la avenida y seguí mi caminata a marcha lenta; era un buen momento para ir a tomar un café y que cada quien continúe con su vida.


                                                                                                 Rubén Chamorro ’14 

martes, 2 de mayo de 2017

Pá, Má, escuchenmé

                               (Es probable que tu hijo te lo quiera decir pero no lo hace…)
No me des todo lo que te pida. A veces sólo pido para ver hasta cuánto puedo tomar.
No me des siempre órdenes. Si en vez de ordenarme, a veces me pidieras las cosas, yo lo haría más rápido y con más gusto.
No cambies tan a menudo sobre lo que debo hacer. Decidite y mantené tu decisión.
Cumplí  tus promesas, buenas o malas. Si me prometes en permiso, dámelo, pero también si es un castigo.
No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o hermana. Si me haces lucir mejor que los demás, alguien va a sufrir; y si me haces lucir pero que los demás, entonces seré yo quien sufra.
No corrijas mis faltas delante de nadie. Enseñame a mejorar cuando estemos solos.
No me grites. Te respeto menos cuando lo haces y me enseñas a gritar a mi también; yo no quiero hacerlo.
Deja que me valga por mí mismo. Si haces todo por mí, yo nunca podré aprender.
No digas mentiras delante de mí, ni me pidas que las diga por vos, aunque sea para sacarte de un apuro. Me haces sentir mal y perder la fe en lo que me decís.
Cuando yo haga algo malo, no me exijas que te diga “por qué” lo hice. A veces, ni yo mismo lo sé.
Cuando estés equivocado en algo, admítelo y crecerá la opinión que tengo de vos. Me enseñaras a admitir mis equivocaciones.
Tratáme con la misma cordialidad y amabilidad con que tratas a tus amigos. Porque seamos familia, eso no quiere decir que no podamos ser amigos también.
No me digas que haga una cosa si vos haces otra. Aprenderé y hare lo que vos hagas, aunque no lo digas, pero nunca lo digas y no lo hagas.
Cuando te cuente un problema mío, no me digas “no tengo tiempo para tus pavadas” o “eso no tiene importancia”. Trata de comprenderme y ayudarme.

Queréme y decímelo. Me gusta oírtelo decir, aunque no lo creas necesario, y cuando quieras, dame un abrazo porque también lo necesito y me gusta.

lunes, 1 de mayo de 2017

Cita citable

El primer amor que entra por el corazón, es el último que sale de la memoria.

El abrazo

El abrazo es agradable.
Ahuyenta la soledad.
Aquieta los miedos.
Abre la puerta de los sentimientos.
Alivia las tensiones.
Es un ejercicio de estiramiento para los de poca altura y de flexión para los altos.
Es ecológicamente aceptable, pues no altera el ambiente.
Ahorra energía al economizar calor.
Es portátíl, no requiere equipos especiales.
Hace más felices los días felices.
Hace soportables los días insoportables.
Estimula sentimientos de arraigo.
Llena los vacíos de vida y continúa ejerciendo efectos benéficos aún después de la separación

Necesito de alguien

Necesito de alguien que me mire a los ojos cuando hablo.
Que escuche mis tristezas y neurosis con paciencia y aún cuando no comprenda, respete mis sentimientos.
Necesito de alguien que venga a luchar a mi lado sen ser llamado. Alguien lo suficientemente amigo para decirme las verdades que no quiero oír, aún sabiendo que puedo irritarme.
Por eso, en este mundo de indiferentes, necesito de alguien que crea en esa cosa misteriosa, desacreditada, casi imposible: la amistad.
Que se obstine en ser leal, simple y justo. Que no se vaya si algún día pierdo mi oro y no pueda ser mas la sensación de la fiesta.
Necesito de un amigo que reciba con gratitud mi auxilio, mi mano extendida, aún cuando eso sea muy poco para sus necesidades.
No pude elegir a quienes me trajeron al mundo, pero puedo elegir a mis amigos.
En esta búsqueda empeño mi propia alma, pués con una amistad verdadera, la vida se torna más simple, más rica y más bella.
                                                                                                                 Charles Chaplin

jueves, 13 de abril de 2017

No le temas a una hoja en blanco

Escucho con frecuencia a mis alumnos, en los talleres literarios de nivel inicial que dicto, que a pesar de tener el deseo de escribir un cuento o un relato, la hoja en blanco les resulta una barrera infranqueable. “No sé de qué escribir, no sé cómo empezar a escribir una historia, quisiera escribir sobre mil cosas y cuando intento hacerlo no se me ocurre nada, tengo un montón de ideas pero no sé cómo arrancar, veo la hoja blanca y me bloqueo…”
Esto es común en quienes quieren comenzar un camino tan fantástico como lo es el de la narrativa. Siempre aconsejo que deben centrarse en encontrar la respuesta en vez de seguir repitiendo la pregunta, y digo esto pensando, para mostrar un ejemplo, en programas de televisión en los que se accede a determinado premio de acuerdo a las preguntas que respondan correctamente…

Conductor: “En un minuto me tenés que responder: Hay dos herramientas utilizadas por plomeros y mecánicos cuyos nombres corresponden a la nacionalidad de dos países, ¿cuáles son esos países? En un minuto, ya !
Participante: “¿Hay dos herramientas utilizadas por plomeros y mecánicos cuyos nombres corresponden a la nacionalidad de dos países, cuáles son esos países? ¿Hay dos herramientas utilizadas por plomeros y mecánicos  cuyos nombres corresponden a la nacionalidad de dos países, cuáles son esos países? Hay dos herramientas utilizadas… dos países… que utilizan plomeros y mecánicos... plomeros y mecánicos…  
Conductor: “¡Terminó el tiempo!  ¡Qué lástima…!!

La atención se centra en la repetición de la pregunta. (Cuando veas un programa de este tipo en la televisión, seguramente recordarás esto). Ocurre de manera mecánica y no liberamos nuestra mente para permitirnos utilizar la pregunta como un punto de partida para buscar, en nuestra memoria, en nuestros recuerdos, la información que tenemos almacenada.
¿Dónde comienza una historia? Y respondo siempre, en la observación de los detalles. Mirar y “ver”  lo que nos rodea, prestar atención a cada persona, objeto, acto, gesto, que uno percibe a su alrededor. Después,  como escribí en otra nota, recurrir a la fórmula que dice:
Memoria = Visualización + Asociación.
Es fundamental, al momento de escribir un cuento, un relato o una novela, hacer este ejercicio de “ver” en nuestra mente aquello que queremos que otra persona comprenda. El otro, no está dentro de nuestro cerebro, por lo tanto tenemos que ser lo suficientemente explícitos y claros, como para lograr que ese lector o interlocutor, genere en sí mismo, esa imagen que nosotros tenemos.
Hagamos un ejercicio práctico. Imaginemos.
Entro en una habitación de una casa antigua. Me detengo en el centro del ambiente y observo (imagino que objetos hay), veo en un rincón una mesita delante de una ventana. La mesita ¿es nueva o antigua?
La imaginamos como queremos, como nos guste más. ¿Tiene tres patas o cuatro?, ¿Está en buen estado o estropeada por el uso y los años?, ¿Tiene un cajoncito? Y si lo tiene, ¿Qué habrá dentro de él?, ¿Un reloj que quedo abandonado y olvidado…? ¿Alguna foto?, ¿Cartas amarillentas por el paso del tiempo? Qué dirán esas cartas…?
¿Centro mi atención en estos detalles, en alguno en especial o sigo observando el resto? Sobre la mesa hay una carpeta bordada a mano, tal vez, sobre ella un pequeño florero, y en él un ramito chiquito y seco de rosas… y hay cortinas entre la mesa y la ventana, ¿cómo están y cómo son esas cortinas? ¿Qué paisaje se puede ver desde esa ventana? Otra vez me ubico en la habitación o me voy al exterior de la casa, mirando con dificultad por vidrios ¿rotos, sucios?.
Podría imaginar que es una habitación moderna, o rememorar alguna vivienda que conocí de chico. Y eso que recuerdo, que evoco, es lo que debo compartir con otro. Tenemos que asociar nuestros recuerdos, o aquello que estamos viendo en nuestra mente, fruto de una imaginación que logramos despertar y está activa. Cuántas más detalles agreguemos a la historia, más serán las cosas que encontraremos para contar.
Y cuando digo “contar”,  lo que espero, deseo y necesito ¡es que me lo digas!
¡Quiero que me hagas sentir lo que sentís vos, autor !
Los cuentos o relatos son cortos, es su característica. En pocas palabras, o escasas páginas, tenés la oportunidad de hacerme parte de tu pensamiento, de tu manera de observar, de  tus sensaciones y en todo esto siempre hay sentimientos. Pero tenés que detallar cada cosa, de manera tal que el otro lo “vea”; insisto con esto porque es fundamental.
La historia la podes llevar hacia la mesa, la ventana, las cartas (que existen si vos querés que existan), sobre el ropero o el piso gastado, o una prenda olvidada sobre una mecedora… es un mundo que vos creas y por lo tanto es tu decisión cómo empieza, se desarrolla y termina. Ese camino es infinito.
Si querés empezar a escribir, no prestes atención a la hoja en blanco. Pensa que para todo lo que querés contar, siempre hay alguien que lo necesita leer o escuchar, siempre habrá alguien que se sienta identificado.

Por cierto, las herramientas son la llave francesa y la llave inglesa…

martes, 11 de abril de 2017

La difícil tarea de decir NO

Las personas deben aprender a soportar tensiones y sufrir desavenencias temporales. El miedo a las consecuencias negativas es infantil. Sólo cuando estamos preparados para afrontar las consecuencias de nuestros actos somos libres para seguir siempre nuevos caminos con la alegría de la experiencia. En cada momento podemos tomar una decisión. Como personas adultas que vivimos en los tiempos actuales no hay nada para lo que estemos obligados. 
(Como suelo decir en mis talleres: “Somos tan libres que hasta podemos elegir ser esclavos”).
Como es sabido, quien tiene que hacer una elección también tiene el tormento. Y, así, es comprensible que busquemos criterios externos a los que podamos ajustar nuestras decisiones. ¿Se hace esto? ¿Se puede hacer aquello? ¿Es adecuado hacer esto o aquello? ¿Qué pensarán los demás si…?
Tenemos interiorizados valores y normas sociales y religiosas y nos adaptamos a ellos. La mayoría de las veces no somos conscientes de ellos. ¿Son valores como el amor, la seguridad, la estabilidad o, incluso, la libertad, la aventura y la pasión, las que determinan nuestra vida? ¿Por qué valores me dejo guiar? ¿De dónde vienen estos valores? ¿Son razonables para mí estos valores? ¿Qué concepto de valor debería tener para llevar una vida que me guste? Todas éstas son cuestiones importantes que me debo plantear cuando quiera hallar las decisiones acertadas.
Tan importante como las cuestiones sobre la decisión correcta es la pregunta: ¿Quién es entonces el que decide? En la mayoría de los casos las decisiones son tomadas por los tipos de personalidad interior con los que nos identificamos. Por ejemplo:
·         si sólo admito en mí la parte abnegada y dejo que vegete la egoísta, entonces la abnegada es la que toma las decisiones.
·         Si me identifico con el papel del que dice SI, entonces consideraré el mundo según los ojos de este tipo de personalidad. Y, por supuesto, ésta me  animará a no buscar dificultades y ceder siempre. Sin embargo, si me identifico con mi yo rebelde, entonces me será imposible acomodarme a la voluntad de los demás.

Sólo un YO consciente que pueda considerar con distancia ambos polos tiene realmente la libertad de decisión. Algunas cosas sólo las puedo reconocer cuando las veo y percibo sin juzgarlas. Mientras somos prisioneros de la polaridad, no es realmente posible la “visión global”. Este YO consciente no es un estado estático que se puede alcanzar sino un proceso que hay que vivir. Debo probar y experimentar el SI y el NO. El YO consciente tiene contacto energético con ambas partes y no ve en ellos oposiciones incompatibles sino dos polos que se requieren y complementan mutuamente. No hay que temer por tomar decisiones concretas, incluso si se siente uno culpable. La necesidad de inocencia es, no obstante, una necesidad infantil. Queremos que papá y mamá digan “todo está en orden. Incluso cuando decís no, te quiero”. El desarrollo y el “hacerse mayor”, siempre esta unido a la culpa…
…Quién deja que los demás decidan por ella, y evita el NO por miedo a las consecuencias, no se salvará. Sólo quien lo permite, lo experimenta, lo vive, está en posición de encontrar el equilibrio. Además, se necesita valor para cometer errores y aprender de ellos. Quien siente el NO en toda su plenitud y ha asumido la responsabilidad de las consecuencias estará en situación de encontrar un verdadero SI.
El miedo al NO es, en última instancia, miedo a ser YO y, con ello, miedo a la soledad. El SI nos une unos a otros, el NO nos separa. Con el NO arrancamos el brote de la colectividad. Quien está dispuesto a entregarse a la soledad, a “estar solo”, su SI irradia una nueva fuerza e intensidad.

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Si querés profundizar este tema, te recomiendo el libro “Aprende a decir NO” de Ulrike Dahm,
 ¡es excelente !

lunes, 10 de abril de 2017

La memoria, técnica para desarrollarla

Desconocemos qué es la memoria y como funciona. El diccionario dice: “Es la facultad de la mente de retener y evocar experiencias pasadas”. La memoria está relacionada a dos procesos independientes: retención y evocación. Recordar significa evocar algo previamente retenido; de ahí que sea sumamente importante aprender a “retener”, ya que es inútil tratar de evocar algo que nunca se retuvo.
La facultad de retener se desarrolla mucho antes que la de evocar y también es la primera en degenerarse en la edad avanzada.
Probablemente no exista un único sistema de memoria. Se realizaron muchos estudios en distintas especies animales y éstos indican que puede haber varias maneras de organizar la memoria. Por ejemplo, a un pulpo se le puede destruir quirúrgicamente la memoria visual y esto no alteraría su memoria táctil. Según algunos autores, existen buenas razones para creer que no hay un mecanismo único responsable de codificar la información en el cerebro. En todo caso, se puede tratar de un proceso multifacético.
La memoria tiene un comportamiento muy extraño ya que almacena impresiones de tal manera que, a algunas las recordamos perfectamente y otras las olvidamos por completo, llegando a ser muchas veces, molestamente selectiva. Podemos recordar un poema completo y no recordar una palabra en especial. ¿Dónde se almacenó esa palabra, si no con todas las otras?
Tendemos a recordar mejor cuando nos encontramos dentro del mismo contexto en que estábamos cuando adquirimos la información. Es por esto que quienes investigan un crimen, realizan la reconstrucción o dramatización de los hechos a quienes estuvieron de alguna manera involucrados. Para una buena evocación es crucial devolverlos al contexto original. Se ha demostrado  también que el “estado-dependencia” es igual de importante. Se pudo comprobar que si un bebedor empedernido esconde dinero o una botella  estando ebrio, no la podrá encontrar  estando sobrio, pero al volver al estado de embriaguez, lo recordaría con exactitud.
Cuando registramos y almacenamos una impresión, de cualquier tipo, se convierte automáticamente en un recuerdo potencial, pero la zona donde se guarda la información hasta que se la vuelva a necesitar es sumamente dinámica. Los recuerdos son gregarios y se conocen entre sí como si el mismo acto de asociación fuera instintivo, juntándose unos con otros para formar ideas que llamamos “inspiración”, volviendo a nuestra conciencia de manera casi irreconocible. Sin embargo, sólo llegan a esto si primero fueron registrados y almacenados de manera correcta; si no es así, tienden a desaparecer.
David Berglas, nacido en 1927, un psicoterapeuta muy calificado, políglota y multifacético, se especializaba en el desarrollo de la memoria, explicaba a sus alumnos una técnica muy sencilla para ejercitarla. Comenzaba diciendo:
-“voy a decir una lista de palabras inconexas. Fíjense cuántas recuerdan. –Repollo, puerta, avestruz, helicóptero, patineta, lápiz, gusano, almanaque, autopista, mentón, lamparita, campanas”.  Lo habitual es que cualquiera pueda retener cuatro, cinco o seis palabras, pero para recordarlas todas y en el mismo orden se debe utilizar una técnica. El secreto es hilvanar una historieta que una cada palabra con la que sigue. Para eso es necesario usar la imaginación y el poder de visualización. Cada uno haga su propia historia, ésta es un ejemplo.

Imagínense una plantación de repollos y en el centro de ella,
un repollo enorme, del tamaño de una casa. 
(Hay que visualizarlo, con pensar no alcanza. Véanlo en su mente).
Al ser del tamaño de una casa, tiene una puerta,
de esa puerta sale un avestruz que tiene hambre y sabe dónde encontrar un lugar donde hallar alimento, pero esta apurado por comer, por lo tanto salta a un helicóptero,
se va volando, aterriza y sigue su búsqueda en una patineta,
hasta llegar al lugar deseado, donde encuentra un lápiz,
 lo toma con el pico y hace agujeros en la tierra…(véan en su mente cada objeto y lugar),
 su comida predilecta resulto ser un gusano,  uno muy grande que apareció de uno de los agujeros. Aquí hay un problema, ¿es época de gusanos?.
Entonces el avestruz consulto con un almanaque colgado en un poste y se da cuenta de que no es la época adecuada, pero todavía tiene hambre y corre por la autopista a buscar comida.
Estaba tan apurado que se lleva por delante un poste de luz y se golpea en el mentón,
Con tanta fuerza que se le cae en la cabeza la lamparita que en él había.
Y como en toda historieta, cuando alguien se golpea la cabeza, oye el ruido de campanitas.

Siempre se puede inventar una historieta similar, que nos permita relacionar cualquier lista de palabras. Cuando tenga que hacer la repetición de esa lista, rememore la historia sin contarla y cada una de las palabras las podrá mencionar sin fallas; es más, notará que podrá recordar los términos en el orden inverso.
Berglas, con una técnica tan sencilla, consigue despertar la habilidad instintiva de recordar cosas con la condición de que hubieran sido correctamente codificadas y almacenadas. De esto se obtiene una fórmula que parece casi mágica:

                                  M=V+A    o sea:     Memoria = Visualización + Asociación

Este tipo de técnicas, una de las que, de manera similar, utilizo para improvisar cuentos y relatos, permite reforzar el modo de operación natural del cerebro. Es como el empujón que necesita un auto sin batería para poder arrancar.
Dijo Leonardo da Vinci en una de sus notas, que “el hierro se oxida por desuso, el agua estancada pierde su pureza y en climas fríos se congela; del mismo modo, la falta de acción debilita los vigores de la mente.”
Con un poco de práctica se evita que la memoria se oxide, quede estancada o se congele. Especialmente en estos tiempos de computadores, celulares “inteligentes” y televisión ininterrumpida.

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Te recomiendo el libro “La memoria, alcances insospechados”, de Berglas y Playfair, donde podrás descubrir mucho más sobre este tema.

miércoles, 5 de abril de 2017

Citas citables

Los errores suelen ser el puente que media entre la inexperiencia y la sabiduría.

Citas citables

Preocupate más  por tu conciencia que por tu reputación, porque tu consciencia es lo que sos y tu reputación es lo que los otros piensan de vos; y eso, es problema de ellos. 

Citas citables

Nunca tengas la cabeza tan alto que te la  puedan cortar, ni tan bajo que te la puedan pisar. Aprende a ser lo suficientemente humilde para evitar que la arrogancia te ciegue, pero lo bastante digno para no permitir que te humillen.

Citas citables

Me aparto de la gente que piensa que la insolencia es valentía y la ternura cobardía; y me aparto también de quienes creen que el parloteo es sabiduría y el silencio ignorancia. (Khalil Gibran)

Citas citables

Quien tiene un solo reloj, sabe la hora que es, el que tiene dos, nunca puede estar seguro.

Citas citables

En la tierra hay suficiente como para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos.

miércoles, 22 de febrero de 2017

¿Sos víctima o protagonista ?

Esa es la diferencia entre los que logran lo que quieren y los que no; entre los que se sienten bien, alegres, felices y los que les cuesta levantarse hasta de la cama. ... Entre aquellos que no importa qué pase, siempre de alguna manera logran convertirlo en viento a favor y los que sufren cada abatida. ... Entre los que logran relaciones profundas y reconfortantes con los demás y los que sufren una y otra vez... Entre los que logran mejores puestos de trabajo, más abundancia, y aquellos que por más que lo intentan siempre quedan en la última fila.
Se pueden tomar dos tipos de roles: 
El de VICTIMA, La víctima es una persona a la que los hechos que pasan "la sobrepasan". Una persona que se siente sin recursos, siente que lo de afuera (las otras personas, su trabajo y hasta el país donde vive) está complotando 
para hacerle el día más difícil. Todo se hace "cuesta arriba", y lo poco que sale bien,  no dura o casi ni se nota. 
El otro rol es el de PROTAGONISTA. Esta es una persona que se hace cargo de sus decisiones, que se siente feliz de ser quien es y sabe lo que vale y lo que puede lograr. Las cosas no le pasan a él sino que "pasan por él". Agradece lo que se le presenta en el camino porque sabe que por más difícil que parezca siempre es para su bienestar. Y avanza.
¿Y vos? 
¿Sos víctima o protagonista?
                                                                            Mónica Ferreto
Gracias Mónica por tu colaboración con mi blog !