sábado, 8 de septiembre de 2012

Quien

Parte una estrella rota,
y el infinito prepara sus brazos para atraparla,
y el hombre, prisionero,
no puede hacer más que mirar
y tratar de comprender.
Pobre hombre, hombre pobre,
con sus pies encadenados
al adoquín milenario de la vieja calle.
El espacio se contorsiona, se despereza,
y no podemos más que ser testigos,
minúsculos testigos, de todo y de nada,
del  todo y de la nada,
porque no somos capaces más que de comer
la carne de nuestra propia ignorancia
y beber la sangre de nuestra idiotez extrema.
Cae la tierra cósmica sobre nuestros ojos ciegos,
y gesticulamos bailes perversos
al son de clarines que nos ensordecen, agobiantes…
clarines hechos con huesos ilustres
de sabios no tan sabios.
Cuelgan ideas de éxtasis de las mentes
de los genios, no tan genios,
que apenas son menos ignorantes que los ignorantes
y que infructuosamente
siguen tratando de inventar la justificación
de una piedra rota que vaga,
perdida en el espacio lleno de vacio,
más allá de la nada,
con la insensata creencia paranoica
de llegar a saber, quien,
en la inmensidad del universo,
arrojó la primera piedra

                                    Rubén Chamorro

jueves, 6 de septiembre de 2012

Soledad

Mi soledad, es absolutamente mía, nadie la conoce como yo... con ella me siento a tomar un café y conversamos en absoluto silencio. Mi soledad es fiel a mí y yo lo soy a ella, jamás nos mentimos ni exageramos. Camina conmigo, tomándome del brazo, en medio del gentío que grita y vocifera y se hunde en el mundo celular; ellos, todos ellos, también en algún momento están solos con su soledad, pero yo sólo conozco la que me pertenece y me acompaña donde voy, donde estoy.
Camino cada tarde con el apuro de quien no tiene donde ir, ni quien lo espere, pero no me entristece. En las ventanas de los bares me encuentro casualmente con su imagen; ella está ahí, siempre está ahí… a veces pienso que se burla de mi porque adopta mi imagen sobre las ventanas llenas de dedos marcados, dedos arrastrados que parecen haber acariciado una silueta, y se queda mirándome, dibujando una sonrisa triste en un rostro cansado y más envejecido por los sentimientos que por los años.
Mi soledad, es absolutamente mía. Estoy tan apegado a ella  que, cuando se cansa de vagar esquivando hombros,  la cargo sobre los míos.
Los monólogos se tornan gestuales sin darme cuenta; y otros solitarios me miran con un amague de preguntas retóricas, pero ella y yo los esquivamos pegando la mirada en los adoquines y seguimos con esa charla borracha de frustraciones.
Doblo esquinas porque sí hasta que las sombras se estiran y acarician las veredas de enfrente. La luz del cartel me tiñe de blanco y negro y detengo mis zapatos justo frente a lo que queda de la farmacia incendiada… y la miro y no la miro y no sé que veo, porque la verdad –ya lo sabemos- no busco nada; solos, ella, a quien todavía cargo, y yo, reflejados sobre el vidrio tiznado y roto.
Noto la presencia de alguien detrás mío, a la derecha. Lo ignoro. Escucho el ruido de un carrito que llora por un poco de grasa y se queja de sobrepeso. Un solo (otro solo), con su soledad cargada sobre los hombros, se para a nuestro lado sin que crucemos miradas y, en la calle silenciosa, frente a estas ruinas que ya no fuman… alcanzo a escuchar que dicen, o se dicen: ¡Esto, esto no tiene remedio!   
                                                                                                 Rubén Chamorro

El payaso

El amarillo titilante del semáforo parecía avisar que era tiempo de terminar la jornada y guardar todos los chiches que sirvieron para hacer malabares. El traje de payaso era también su ropa de viaje, por lo que no tuvo que preocuparse más que de llenar el bolso con sus antorchas y clavijas.
Se quedo sentado sólo en el banco de la placita Dorrego. Ahí dejo volar sus sueños por todas las direcciones que su imaginación le ofrecía… Quedo su mirada perdida en mañanas, que se convertían en ayeres, demasiado rápido. Su enorme sonrisa roja no podía disimular su mirada melancólica, alimentada del ritmo lento que nacía bajo su pechera naranja y verde, con enormes botones azules.
Se paró y con un suspiro eligió la calle que le pareció más tranquila para retornar a cualquier parte, porque sabía que era sólo allí, donde encontraría sus esperanzas escapadas, sus deseos, sus utopías. En alguna esquina perdida, tal vez,. Hallaría lo que anhelaba; lo importante era caminar, aún por la vereda rota, después de todo, es preferible avanzar a tropezones que patinar en el mismo lugar, aunque llevara la mirada clavada, apenas delante de la punta de sus zapatones amarillos.
A mitad de viaje de un destino desconocido, se detuvo frente a una enorme pared, iluminada por un foco ubicado en la vereda de enfrente. La potente lámpara debía iluminar un carel oxidado, doblado y torcido, estoicamente aferrado a la baranda derecha de un enorme balcón. Alguien, sin duda, lo movió y ahora, enfocado al paredón, transformaba su superficie en un escenario, lo convertía en un lugar que esperaba por alguien que le diera una gota de vida. Tal vez un payaso.
El bolso quedó sobre la vereda. Sus brazos se extendieron con la forma de su sonrisa y aprovechando la falta de público, comenzaron a danzar en cientos de formas grises sobre el blanquecino cemento. Todo su arte sólo  para él, por el placer de crear imágenes perfectas, para tener la ilusión de creer… de creer en la increíble realidad de una sombra que no se puede atrapar. Ahora ya no sólo sus manos y brazos giraban locamente; su cuerpo bailaba al ritmo de una música que nadie escuchaba y que acompañaba a su única y multiforme sombra; pero comprendió que la luz, alta y lejana a su espalda, era la verdadera dueña de su juego chinesco. Palomas, conejos, marionetas… nada de lo que inventaba podía atrapar, contener… ni acariciar. Todo desaparecía ni bien acercaba sus manos a ese telón rígido e improvisado. Sus propias imágenes no le pertenecían.
Tomó su bolso sin quitar la vista de la pared. Dejó sus brazos caídos ante una batalla perdida. Se sentó en la frontera distante que marcaba la vereda vecina y pensó: Ya es muy tarde, el sol va a salir como siempre. Otras sombras taparán mis sombras… pero algo me pertenece, mi momento de magia me lo quedo yo, por siempre.
                                                     Rubén Chamorro

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Al acecho

La noche era calurosa, húmeda y silenciosa. Algunos focos de la calle estaban apagados y la suave luz de la luna se asomaba entre las copas de los plátanos, unidas en el centro de la calle, a varios metros de altura.
Una casa abandonada y casi desmantelada, era el único lugar del trayecto que podía ser preocupante.
A medianoche y en la soledad de mis zapatos apurados por el cansancio, no debía dejar de mirar su aspecto de guarida… por las dudas. De pronto, surgió del interior de sus derruidas paredes una sombra negra que  corriendo desaforadamente, se me abalanzaba en una clara intención de ataque. La gran bestia  de pelaje negro, parecía dispuesta  a masticar, al menos, una de mis piernas; de inmediato gire y lo enfrente, flexione las rodillas, el cuerpo levemente inclinado hacia adelante, abrí los brazos tanto como pude… no emití ni un solo sonido. Así me quede unos segundos en una postura que indicaba, claramente, que no me quedaría quieto ante su avance. El pobre perro, ahora iluminado por una feerica luz estelar, se veía flaco y enfermo. Se detuvo instantáneamente y sin dejar de ladrar y gruñir, se alejo en sentido contrario con la cola entre las patas. Me causo gracia y pena. El animal solo cuidaba su territorio; ante su estrategia, la mía había sido más efectiva.
No me asustan los nocturnos perros callejeros, hay cosas más preocupantes que esa situación. Temo a los mosquitos, en realidad, no a las nubes de mosquitos  sino al que, solitario, me atormenta a partir del momento en que apago la luz y apoyo la cabeza sobre la almohada, en pos de un merecido, necesario descanso, que él interrumpirá tanto como pueda.
La oscuridad se hace total y treinta segundos después, su zumbido suena alrededor de mi cabeza como una trompeta llamando a la carga de la caballería. No es su picadura y la posterior roncha lo que me preocupa o inquieta, es el acecho al que me somete lo que no me deja dormir. Cuando se relajen mis brazos y caigan mis parpados, yo seré su presa y el será mi depredador.
Comienzan mis manos a danzar, en el aire, una cacería que, por cierto, no es más que mi propia defensa ante algo que no veo, pero que presiento muy cerca, por un momento silencioso, pero todo el tiempo sediento de mí. Sé que no está lejos, tal vez se estaciono sobre la sabana, riéndose de mí, un pobre ser humano que no tiene escapatoria. En algún momento de la noche, yo terminare siendo su alimento.
Quisiera recordar cuantas veces fui víctima del temor por el acecho de lo que nunca vi, Cuantas veces sufrí las irreales amenazas de la sombra chinesca que, danzante sobre la pared, dibuja miedos nacidos en mitos incorporado por la puerta de la inocencia.
Amenazado por un mosquito. Amenazado. Amenazado por tantas cosas… traicioneros, pretextos, una roncha, un hipócrita latente que necesita de mi agotamiento y de mi sueño, o de mi voluntad rendida y de mi cansancio. Amenazado por quien no merece ser temido y aún así, consigue transformarnos en presa, amenazado por quien tampoco debe ser víctima de los temores ajenos.
Que irónico que el miedo propio sienta miedo del miedo ajeno…
Pasare mañana por la misma calle a plena luz del día y mi visión será otra, distinta o nueva. Seguramente veré al flaco y enfermo perro jugando con una bolsita de nylon que la brisa se empeña en remontar. Ya no nos tendremos miedo, podremos ser amigos.
Ya no mas picaduras de mosquitos depredadores, mañana encontrare la forma de arreglar nuestras diferencias. El mundo es demasiado grande para que estemos los dos encerrados en el mismo dormitorio.
                                                                                                              Rubén Chamorro